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Fundamentación I: Historia de las CEB

Las raíces de las Comunidades Eclesiales de Base se alargan en el tiempo buscando beber las aguas en las fuentes del Evangelio. En el mismo Jesús de Nazaret, que congregó a los pobres, hombres y mujeres, (Mc 3,16-19;  Lc. 8,1-3) para hacerlos y hacerlas partícipes de su misión de inaugurar el reino de Dios en la historia, y en las propias comunidades cristianas (Hch. 2,42-47), que entendieron la misión como comunidades reunidas en hermandad y comunión, primer servicio de anuncio testimonial a un mundo dividido en clases sociales antagónicas y en lucha desigual. Las CEBs se gestaron simultáneamente en muchos países de América Latina y del Caribe. También el Concilio Vaticano II es hijo de la Iglesia que busca ser fiel al Evangelio. Pero las CEBs precedieron al Concilio Vaticano y al mismo tiempo, son sus hijas .
 

En el sentido de que son hijas del Vaticano II, podemos decir que las CEBs son la recepción creativa e innovadora de la eclesiología del Vaticano II a partir de Medellín (1968), en las que se encarna la intuición de la Gaudium et Spes, 1: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”.

Al viento (ruah) del Concilio, las CEBs desplegaron velas y se hicieron a la mar en la convulsionada historia de América Latina. Hallaron buen puerto en Medellín, confirmación en Puebla, remolinos interesados en minimizarlas y confundirlas en Santo Domingo y finalmente nueva confirmación, a pesar de todo, en Aparecida.


Contexto socio-histórico del surgimiento de las CEBs

Las CEBs surgen en un contexto de opresión detectado y denunciado valientemente en Medellín, no como pecados personales sumados unos a otros, sino como violencia institucionalizada. A partir de la vivencia comunitaria, a la luz de la Palabra leída desde los pobres y en clave de liberación, el estilo de Jesús, los cristianos y cristianas, movidos por la fe, comienzan a comprender la situación de violencia institucional que causa la muerte de los pueblos latinoamericanos y caribeños y descubren que la injusticia es causa de la violencia y que la justicia es condición  imprescindible para la  paz. Perciben que  “América Latina se encuentra, en muchas partes, en una situación de injusticia que puede llamarse de violencia institucionalizada”... y descubren que “esta situación exige transformaciones globales, audaces, urgentes y profundamente renovadoras” (Medellín, Paz, 16). Uniendo fe y vida, se comprometen en el trabajo de concientización y transformación social que, por la reacción violenta de quienes detentan el poder y los privilegios, se transforma en verdadera lucha política de liberación de los pobres. Las CEBs encuentran en la experiencia y seguimiento de Jesús fuerza para luchar por el Reino con todo lo que éste significa de cambios personales y estructurales. Ese proceso  está  bien descrito por Gustavo Gutiérrez: "La inserción en las luchas populares por la liberación ha sido – y es - el inicio de un nuevo modo de vivir, transmitir y celebrar la fe para muchos cristianos de América Latina. Provengan de las propias camadas populares o de otros sectores sociales, en ambos  casos se observa - aunque con rupturas y por caminos diferentes - una consciente y clara identificación con los intereses y combates de los oprimidos del continente. Ese es el hecho mayor de la comunidad cristiana de América Latina en  los últimos años. Ese hecho ha sido y continúa siendo la matriz del esfuerzo de esclarecimiento teológico que trajo la teología de la liberación" . Se comprende a partir de este proceso la íntima relación entre las CEBs y la Teología de la Liberación.

En el sencillo vivir el evangelio, como lo hacen siempre las y los pobres, y en el compromiso por la liberación, la acción de los cristianos y cristianas asume una nueva significación. Hay una aproximación entre evangelización y liberación expresada en la Evangelii Nuntiandi, al presentar el mensaje de liberación como no ajeno a la evangelización . Esta misma intuición ya estaba presente en Medellín (Cfr. CELAM, Medellín, Introducción, no. 6).

Los obispos en Medellín expresan también la necesidad de convocar y articular la comunidad de los bautizados, aun ahí donde no se cuenta con la presencia del ministro ordenado, pasando del concepto de capillas básicamente devocionales al nivel local de la Iglesia.  Contrarrestar el avance de los grupos evangélicos que se multiplicaban rápidamente así como “salvarnos de la amenaza comunista” (cfr. Convocación Papal en la “Fidei Donum” y la respuesta de la CNBB, con el “Plan de Emergencia).

En los diez años que mediaron entre  Medellín y Puebla,  las CEBs avanzaron muchísimo en la lectura bíblica, en la formación de sus animadores y animadoras, en la celebración de la fe unida a la vida, en articulación y en lucidez en el análisis de la realidad. La presencia del Dios liberador que hizo alianza con las tribus para lograr la liberación de Egipto se percibe presente otra vez en la historia. Así lo reflexionaron las CEBs y así lo dice Medellín . Al mismo tiempo que las CEBs crecía la reacción de las fuerzas de poder. Era imposible que esta nueva conciencia eclesial y social pasara desapercibida incluso ante quienes hubieran deseado permanecer ciegos. La conciencia de la   situación de opresión y de explotación vivida por gran parte de la población de los países del continente latinoamericano y caribeño toma cuerpo y se vuelve denuncia profética en la Conferencia de Puebla .

Trece años después, la Conferencia de Santo Domingo, aunque realizada en un contexto de mucho autoritarismo, logró percibir que la vida de los pueblos del continente continuaban bajo el signo de la opresión, indicando ya el proceso de la exclusión: “El creciente empobrecimiento en el que están sumidos millones de hermanos nuestro hasta llegar a intolerables extremos de miseria, es el más devastador y humillante flagelo que vive América Latina y el Caribe.” (Santo Domingo, 179). ¡Ciertamente, podríamos compararlo con el texto de Mt 9, 35-36!

En la V Conferencia, en Aparecida, la realidad de exclusión se reflexiona en el contexto de la globalización: “Lamentablemente, la cara más extendida y exitosa de la globalización es su dimensión económica, que se sobrepone y condiciona las otras dimensiones de la vida humana. En la globalización, la dinámica del mercado absolutiza con facilidad la eficacia y la productividad como valores reguladores de todas las relaciones humanas. Este peculiar carácter hace de la globalización un proceso promotor de inequidades e injusticias múltiples” (Aparecida, 61) . Es en este contexto donde podemos ver que aparecen nuevos rostros que sufren (cf. Aparecida, 65. 402) . Esta situación nos lleva a comprender la dura constatación de la V Conferencia de Aparecida: “En efecto, es una contradicción dolorosa que el Continente del mayor número de católicos sea también el de mayor inequidad social” (Aparecida,  527). Y con luces y sombras, en esta realidad globalizada, las CEBs son nuevamente confirmadas y relanzadas por los obispos del Continente.

 

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